Como si se tratara de una procesión, familiares, vecinos y curiosos se agolparon en una fila detrás del cadáver de Wímer Hernán Marentes Sanabria para acompañarlo camino a la camioneta de criminalística, la cual lo llevó a Medicina Legal. El llanto del hijo de Wílmer hacía más lúgubre la escena. Él, en medio de su inocencia, sabía que su progenitor no iba a volver a llevarlo alzado en hombros por las verdes montañas de la zona rural de Ciudad Bolívar, como acostumbraba. Aunque el menor no entendía a profundidad la magnitud de lo que había acabado de ver, lo que sí tenían claro quienes lo llevaban de la mano era que él había estado suficientemente cerca de la muerte para en los próximos años convertir ese recuerdo en el más triste que atesorará su memoria. Cada uno de los presentes sabía que no volvería a ver a Marentes sino hasta dentro de dos días o únicamente cuando su cuerpo sea retirado de la morgue, por eso antes de que se lo llevaran de la escena del crimen, se acercaron a él e intentaron palpar esa masa rígida en la que estaba convertido ahora, envuelta en un plástico blanco. Adentro de la bolsa pálida no solo se alojaba un cadáver sino también varios elementos (su ropa, los restos de tierra que tenía entre sus uñas y las heridas que presentaba) los cuales podrán servir como pruebas fundamentales para los investigadores, quienes tienen la labor de descubrir quién lo mató. Seguramente los Marentes, si alguna vez lo llegaron a contemplar, hubiesen preferido otro final para Wílmer, pero la vida les puso a prueba su corazón y les tocó verlo inerte, casi enterrado en el suelo por un espeso lodo y levemente humedecido por el agua de una quebrada que baja desde lo más alto de los cerros surorientales, y con certeras heridas en su pecho. Entérate de la nota completa en nuestra edición impresa.