Las mentiras se devuelven

19 de septiembre de 2018
Cuando le mentimos a alguien es como si lo preparáramos para que, tarde o temprano, sufra las dolencias de una gran herida. Lo peor es que, así él nos perdone, siempre quedará entre los dos una enorme cicatriz en el corazón. Una mentira, por muy ‘conveniente’ que parezca para nosotros, produce sonidos roncos, toscos y difusos. Escuchar una mentira es como oír una lánguida bienvenida o saludar a la muerte de una relación con sus más sublimes acentos. Es decir, mentir se convierte en un gran absurdo, pues no es más que una agria tonalidad que le pone fin a la verdad. De manera desafortunada, así hemos convertido muchas actuaciones de nuestra vida diaria. Cada uno lo hace a su estilo: algunos basan sus cosas en un discreto mentir, otros lo hacen con relativo cinismo, y no falta los que se escudan en que solo dicen ‘mentiras piadosas’. Sea como sea, en esencia, muchos seres humanos mentimos. Incluso, faltamos a la verdad cuando no decimos nada, porque es una clara señal de que no queremos comprometernos. Se miente demasiado y casi siempre es por temor a perder. Los políticos lo hacen para ganar adeptos, también los enamorados para ‘conquistar’, y con relativa frecuencia algunos periodistas inventan sus historias o dicen ‘verdades a medias’ solo por conveniencia personal. También mienten los médicos, los esposos, los artistas y, por qué no decirlo, muchos de los que se hacen llamar ‘ministros’ o ‘pastores’. La mentira siempre se vuelve contra nosotros, no nos deja dormir y nos pasa la cuenta de cobro. El solo hecho de no poder mirar frente a frente a quienes mentimos y el estar siempre acomodando las actuaciones a la escena preparada de la mentira, hace que nuestra conciencia jamás esté tranquila. Cuando se miente, hasta el aire que se respira parece otro. Siempre que lo hacemos, surgen tonos chispeantes que embriagan nuestros pulmones y nos desnudan ante la realidad. Entérate de la nota completa en nuestra edición impresa.

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