El muro de los lamentos de los migrantes venezolanos

4 de septiembre de 2018
“Recuerdo que esa muchacha llegó como a las 11:00 p. m. Apenas la vi me puse mal, me dieron muchas ganas de llorar y me descompuse. Traía entre sus brazos a su bebé de 25 días de nacido, me dijo que iban a ir caminando hasta Perú. No sé cómo les habrá terminado de ir”, así recuerda Marta Elena Alarcón Villamizar a Andrimar Reyes, una venezolana que salió huyendo de su país con Alexánder, la criatura que había parido. La escena, propia de una película de esas que arrancan lágrimas hasta la deshidratación, ocurrió en una pequeña caseta ubicada al costado derecho de la vía Cúcuta-Pamplona. Ese día (22 de julio pasado)  Andrimar, su bebé y 13 venezolanos más llegaron al negocio de Marta, y como ya se ha vuelto costumbre entre los migrantes del vecino país, decidieron pasar la noche allí antes de reiniciar su travesía de más de 3.400 kilómetros hasta Perú. Así quedó consignado en un sobre de manila en el que los caminantes decidieron dejar, como si fuera su testamento, el registro de su travesía. “Vamos 15 personas  luchadoras, en busca de una mejor vida para nosotros y nuestros familiares en Venezuela”, quedó escrito en el papel, quizá con el ánimo de que alguien más los recuerde en su sacrificio. Como este testimonio, Marta conserva cientos de mensajes que los venezolanos migrantes han redactado en lo que tienen a la mano, hasta bolívares que ya no tienen ningún valor y que le han entregado para que sirva de testimonio. “Ya me han hospitalizado dos veces en el último año. Las historias que me cuentan me afectan tanto, que me dan crisis nerviosas y me enfermo. Ahora mismo estoy esperando que me autoricen una cirugía porque me encontraron cálculos. Pienso en estos días que no voy a estar para ayudarlos y me da tristeza”, relató Marta. Quizá para no tragarse sola las palabras que los venezolanos le confían para su custodia, ella decidió enseñárselas a todos los que se acerquen a su negocio como una prueba irrefutable de lo que miles de personas están viviendo en el vecino país. Por eso, uno a uno tomó los cientos de mensajes que le han entregado y los pegó por todos los rincones de su caseta; y cuando ya no tuvo más espacio, los colgó sobre el lugar habilitado para los clientes. Así resulta inevitable para todo el que llega no ver los mensajes que allí se exhiben. “Madre, me vine porque la vida en mi país está dura. Regresaré por ti mamá, voy a hacer lo que esté a mi alcance para salir adelante”, reza una de las notas allí expuestas. Su autor no quiso firmarla el pasado 5 de agosto cuando pasó por donde Marta con destino Bogotá, pero ella, con solo verla, sabe de quién se trata. Entérate de la nota completa en nuestra edición impresa.

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